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viernes, 20 de junio de 2014

EN EL DIA DE NUESTRA AMADA BANDERA . A. GINASTERA ..CANTATA PARA AMERICA MAGICA .........POR RITA AMODEI

Cantata para América Mágica op. 27 8. Preludio y canto a la aurora 9. Nocturno y canto de amor 10. Canto para la partida de los guerreros 11. Interludio fantástico 12. Canto de agonía y desolación 13. Canto de la profecía ++++++++++++++++++ ++++++++++++++++++ Alineación: - Stefan Asbury / Director - Rayanne Dupuis / soprano - Bugallo-Williams / Piano Duo - WDR Sinfonieorchester Köln - Schlagzeugensemble der Musikhochschule Köln (Sjoerd Ceelen - Jelle Overheul - Rik van Wijgerden - Wouter de Winne - Carlos Tarcha - Benjamin Schmidt - Paul Altmann - Frank Lorenz - Feliks Zakurin - Hana Yoo - Cezara Dafina Pop: percussion - Yumi Kimachi: celesta) - Ensemble S (Norbert Krämer - Arnold Marinissen - Stephan Meier - Adam Weisman) Ya hablamos en otras oportunidades de varios músicos, que desde diversas fronteras, se dedican a revitalizar el carácter de lo tradicional y autóctono, llevándolo a nuevos planos para hacerlo reverdecer en nuevas tierras. Así tenemos a Jorge Reyes y su música azteca precolombina, por ejemplo. En este blog tenemos varios casos de esos, en diferentes estilos y medidas. Y ya teníamos al maestro Ginastera. El tipo quedó en la historia como un compositor de fuerte sentimiento nacionalista, a pesar de haber influencias de la música internacional que se producía en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Su música es esencialmente tradicionalista. Una ecléctica síntesis de técnicas de varias escuelas musicales está evidente en su composición más famosa, la ópera "Bomarzo". Aunque no me llaman la atención las operas, por lo que no lo tengo ni voy a publicar en este espacio. Este álbum consta de dos obras para orquesta del compositor argentino Alberto Ginasterra: "Popol Vuh" y "Cantata para América Mágica", siendo quizás la primera la obra más ambiciosa del compositor argentino, basada en las antiguas leyendas quichés, su periodo de gestación fue muy largo y desafortunadamente quedo inconclusa, Dato curioso: dice la historia-chusmerío eue Leopold Stokowski (en otras versiones Leonard Slatkin) le sugerio a Ginastera que revise los escritos del Popol Vuh para gestarlo como una obra musical, después de la muerte del compositor Slatkin no se hizo esperar y apesar de que la obra está inconclusa, un quizás el mejor trabajo del Ginastera. Nacido en Buenos Aires con raíces italianas y españolas, Alberto Ginastera (1916-1983) clasificó su obra en tres bloques, de acuerdo con otras tantas etapas creativas: nacionalismo objetivo, nacionalismo subjetivo y neoexpresionismo. Faltaría un apartado, referido a los últimos años de su vida, cuando sintetiza todo ello, manteniendo la obsesión por lo precolombino. A él pertenece su obra más ambiciosa, Popol Vuh. Una composición en ocho partes de las que, cuando la muerte le sobrevino en Ginebra, sólo había terminado las siete que aquí encontramos. Ginastera firma sus primeras obras con 15 años, en las que se perciben influencias indigenistas. El siguiente impulso le llegará por la vía de Bartok, aunque en su caso concediendo mayor importancia al cromatismo y recurriendo a estructuras más libres. A partir de ahí, fascinado por el dodecafonismo, afianza su personalidad sobre las ideas expresionistas de Alban Berg. Muestra de ello la encontramos en la Cantata para América Mágica, escrita en 1960, en la que, con la base argumental de textos anteriores a la conquista, despliega un instrumentario superior al medio centenar de elementos convencionales y autóctonos de América Latina. Una obra de contrastes, que brinda la posibilidad de lucimiento a la soprano dramática Rayanne Dupuis. ´´´´´´´´ Obra en el que es notorio la influencia de Stravinsky en Ginastera, vamos con algunos comentarios oportunos de esta obra y su autor. Importantísimo CD del sello Neos consagrado a dos obras mayores, entre ellas el imponente y póstumo Popol Vuh, del considerado por muchos como el mejor compositor que ha dado Latinoamérica. Alberto Ginastera fue, en sus juveniles años de 1930/1940, un renovador vanguardista del nacionalismo musical argentino. Luego derivó hacia fórmulas más cosmopolitas, sin olvidar a sus maestros: Stravinski, Bartok, Prokofiev, el uso muy personal del atonalismo y la composición aleatoria. Al final de su parábola volvió a los paisajes del telurismo americano, pero no ya para dar solución criolla a su tarea, como lo hiciese al inicio, sino orientándose de lo argentino a lo continental y visitando el mundo siempre intacto de los mitos. Un anticipo de tal culminación lo da en 1960 con su Cantata para América Mágica, obra para voz solista y conjunto complejamente orquestal que utiliza textos precolombinos traducidos al español por Mercedes de Toro. Es una obra mestiza, que alterna una recitación de espinosa línea con momentos de un lirismo intimista y siempre proclive al desgarro visionario, y con interludios de una densidad climática conseguida mediante pequeñas células melódicas y un uso suntuoso de las timbraciones: pianos, percusión, cuerdas. La cima de su trayectoria se da en Popol Vuh o Libro del consejo, encargada por Eugene Ormandy para la Orquesta de Filadelfia. La obra, proyectada en ocho partes, quedó terminada hasta la séptima y bocetada para la final a la muerte del compositor, pero quien la estrenó, Leonard Slatkin con la Sinfónica de Saint Louis (1989) decidió acertadamente que lo hecho por Ginastera constituía un conjunto pleno y dejó sin revisar los bocetos, evitando pastiches y refritos. Así se ofrece en esta versión. Imponente y de una decisiva contundencia es el adiós de Ginastera a la música. Un dispositivo imprevisto reúne a las cuerdas y los metales con cincuenta instrumentos de percusión, arpa y piano. Es de imaginar la incontable cantidad de soluciones tímbricas y climáticas que este artefacto consigue en las manos sapientísimas de Ginastera, a quien algunos colegas –no me corresponde opinar: me caben las generales de la ley– juzgan el mayor músico de América Latina. Nada mejor que acabar volviendo al comienzo, que cerrar la parábola en el punto de partida, que poner como broche de la historia una construcción mítica. Ginastera, en la más majestuosa de sus partituras, ha reunido al Wagner que abre El oro del Rhin (”en el comienzo era la música”) que narra el origen del universo y el del arte sonoro, todo por junto, con el Chávez de la Toccata para percusión, virguería del golpe y el ritmo que da lugar al cuerpo que baila y esboza el canto, con el Stravinski de La consagración de la primavera, que imagina la primigenia melodía de la humanidad prehistórica. Pero le añade un elemento aborigen americano que sobre el fangoso fundamento de la vida va dando ínfimas puntadas de frase, súbitas explosiones, místicas calmas y una sorda y secreta decisión fatal que lleva a la apoteosis. Desde Slatkin (1990) no se grababa esta obra y la iniciativa de NEOS con el aporte mecenático de la Fundación BBVA hace posible recorrer este par de trabajos fundamentales hechos desde América para la más alta música del siglo XX.

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